Hace unos días leí una historia sobre una gallina que tenía un problema bastante humano.
Mientras las otras gallinas comían, ella se dedicó a perseguirlas. Si una encontraba un gusano, allá iba detrás de ella. Si otra encontraba uno que parecía especialmente bueno, también lo quería.
Lo curioso es que tenía sus propios gusanos justo delante.
Pero pasó buena parte de la mañana persiguiendo los que tenían las demás.
Hasta que finalmente volvió la mirada hacia su propia comida.
Y ahí estaban.
Los había tenido todo el tiempo.
Y ahí es donde la historia deja de ser solamente sobre una gallina.
Porque hacemos algo parecido con mucha más frecuencia de la que nos gustaría admitir.
Alguien empieza un negocio y empieza a irle bien. Lo vemos crecer y pensamos que quizá nosotros también deberíamos hacer lo mismo. Alguien encuentra una manera de ganar dinero, de crear contenido, de vender algo, de organizar su vida, y de pronto esa parece ser la dirección que todos deberíamos tomar.
Entonces empezamos a mirar.
¿Qué está haciendo? ¿Cómo lo está haciendo? ¿Qué vende? ¿Dónde publica? ¿Cuánto parece estar consiguiendo?
Y mientras más miramos, más fácil resulta pensar que quizá nuestro propio camino está equivocado.
No porque necesariamente queramos la vida de esa persona. A veces ni siquiera sabemos si realmente nos gustaría tenerla.
Simplemente vimos que su gusano parecía bueno.
Y ahí podemos pasar una cantidad sorprendente de tiempo corriendo detrás de algo que funciona para otra persona, sin detenernos a preguntarnos si también tiene sentido para nosotros.
Porque no vemos todo lo que hay alrededor del gusano.
Vemos el resultado.
No vemos necesariamente cuánto tiempo tardó en llegar, qué tuvo que cambiar, qué salió mal antes, qué recursos tenía disponibles o si aquello que funciona para esa persona funcionaría siquiera en nuestro propio terreno.
Pero la comparación tiene esa particular habilidad de hacernos olvidar el contexto.
Y entonces empezamos a movernos de un lado a otro.
Un día queremos hacer una cosa porque vimos que a alguien le funciona. Después aparece otra persona con un resultado diferente y pensamos que quizá deberíamos intentar eso también.
Y así podemos terminar persiguiendo tantos gusanos ajenos que ya ni siquiera sabemos cuál era el nuestro.
Lo curioso es que nuestro gusano no desapareció.
Sigue ahí.
Tal vez no sea el más grande.
Tal vez no sea el que más llama la atención.
Tal vez ni siquiera se parece al de la persona que estamos observando.
Pero sigue siendo nuestro.
Y quizá antes de salir corriendo detrás del próximo gusano habría que hacer algo mucho menos emocionante:
mirar qué tenemos delante.
Kesef Project