Cuando hasta el dolor posa para la cámara

Hay escenas que uno no espera encontrar en las redes sociales.

Una persona acaba de enterarse de que alguien que quería murió. Está sola en una habitación de hotel. Llora. Llora de verdad. Y en medio de ese momento aparece el teléfono.

Se enciende la cámara.

La persona se graba llorando y después publica el video.

Y uno se queda pensando:

¿En qué momento la cámara empezó a formar parte de la manera en que algunas personas viven el dolor?

Porque no se trata solamente del duelo.

Está quien termina una relación y publica las lágrimas.

Quien tiene una discusión y convierte las indirectas en una serie de publicaciones.

Quien se siente traicionado y necesita que todos sepan lo que pasó.

Quien atraviesa una crisis y, en lugar de buscar a alguien cercano, abre la cámara.

Y también están esas fotografías tomadas junto a un féretro.

Una persona abrazada al ataúd.

Otra fotografía.

Otra pose.

Y después, la imagen termina publicada para que la vea todo el mundo.

¿En qué momento algo tan personal empezó a necesitar espectadores?

No hablo de las noticias.

No hablo de informar que alguien murió ni de compartir un homenaje después de una pérdida.

Hablo de ese instante que pertenece a la persona que está llorando, a su familia, a quienes están allí.

De ese momento que antes ocurría detrás de una puerta, en una habitación, en un abrazo, en silencio.

Ahora puede terminar publicado entre una promoción, un meme y una fotografía del almuerzo.

Y quizá lo más extraño no sea que alguien tome la fotografía.

Es que, en medio de todo aquello, también exista la intención de compartirla.

Porque para publicar hay que detenerse.

Hay que mirar la pantalla.

Elegir una fotografía.

Abrir una aplicación.

Escribir algo.

Y finalmente pulsar “publicar”.

Todo eso ocurre mientras la emoción todavía está sucediendo.

Entonces aparece otra pregunta:

¿En qué momento se volvió tan común que muchas personas mostraran cada parte de su vida que hasta la intimidad terminó expuesta?

Porque una ruptura puede atravesarse sin necesidad de convertirla en una historia.

Una traición puede dejar a alguien destrozado sin que cientos de personas tengan que conocer los detalles.

Una pérdida puede dejar un vacío enorme sin que cada lágrima tenga que quedar registrada.

Y sí, alguien puede decidir compartir su dolor. Eso forma parte de su libertad. No conocemos las razones de cada persona y sería absurdo pretender saberlas.

Pero una cosa es poder hacerlo.

Otra es que hayamos llegado a considerar normal hacerlo.

Las redes sociales acostumbraron a muchas personas a documentar cumpleaños, viajes, comidas, compras, celebraciones y pequeños momentos de la vida.

Hasta ahí, nada extraño.

El problema aparece cuando la cámara llega a lugares donde antes no entraba.

Al dormitorio.

A la discusión.

Al llanto.

Al duelo.

A esos momentos que antes pertenecían a la intimidad.

Tal vez se ha confundido compañía con audiencia.

Porque tener personas alrededor no significa necesariamente tener que mostrarles cada parte de la vida.

Hay momentos en los que lo que hace falta no es una reacción.

Es un abrazo.

Una llamada.

Una persona sentada al lado.

Un poco de silencio.

Hay cosas que pueden quedarse sin fotografía.

Sin video.

Sin historia.

Sin estado de WhatsApp.

Y no por esconderlas.

Sino porque la intimidad también es parte de una vida que merece conservarse.

No todo lo que se siente necesita ser mostrado.

No todo lo que se vive necesita quedar registrado.

Algunos momentos no necesitan una audiencia.

Necesitan ser vividos.

Kesef Project