
Leí la noticia de una mujer de 29 años que murió después de someterse a varias cirugías estéticas. Su madre había intentado convencerla de que no lo hiciera. Me quedé pensando en aquella historia y en una pregunta que va más allá de lo sucedido: ¿qué nos está pasando para que modificar nuestra apariencia llegue a parecernos más importante que los riesgos que implica?
No hay nada malo en querer verse bien. Una mujer puede maquillarse, cuidar su cuerpo y disfrutar de arreglarse; un hombre también puede hacerlo. Incluso una intervención estética puede responder a razones personales legítimas. El problema aparece cuando la inconformidad se vuelve permanente y sentimos que nuestra apariencia nunca está a la altura de lo que deberíamos ser.
Las redes sociales han contribuido a popularizar determinados ideales de belleza. Modelos, artistas e influencers exhiben rostros y cuerpos que despiertan admiración, y muchas personas terminan buscando esas facciones mediante procedimientos estéticos. Los labios voluminosos, las narices perfiladas y los contornos pronunciados se convierten en objetivos que se repiten de una persona a otra. Al final, quienes buscan destacar pueden terminar acercándose a un mismo patrón.
Resulta paradójico que, en una época que tanto celebra la individualidad, tantas personas quieran modificar sus rasgos para ajustarse a una imagen compartida. ¿En qué momento dejamos de apreciar nuestras particularidades y comenzamos a tratarlas como defectos?
Una cosa es elegir un cambio y otra entrar en una cadena de procedimientos que nunca parece terminar. Siempre surge una nueva tendencia o algún detalle que despierta inconformidad. Mientras tanto, los riesgos siguen ahí, aunque la publicidad y las imágenes de resultados exitosos puedan hacer que todo parezca sencillo. Una cirugía no es una compra más: puede tener complicaciones graves y consecuencias irreversibles.
La historia de aquella mujer también me hizo pensar en las fotografías antiguas que algunas personas prefieren ocultar después de transformar su rostro. ¿Qué nos lleva a querer borrar la imagen que tuvimos durante años? Cada quien tendrá sus motivos, pero resulta inquietante que nuestros rasgos naturales puedan llegar a parecernos algo que debemos esconder.
Y el tiempo tampoco se detiene para satisfacer nuestras expectativas. Podemos cuidar la piel, modificar ciertos rasgos y recurrir a tratamientos, pero el cuerpo seguirá cambiando. Llegará el momento en que la apariencia juvenil dará paso a otras etapas. Cumplir cincuenta años no significa que debamos parecer de quince, ni las arrugas convierten a nadie en una versión defectuosa de sí mismo.
Hay otra cuestión que merece una pausa: la genética. Puedes operarte la nariz, aumentar tus labios o modificar el contorno de tu rostro, pero tus hijos no heredarán esas modificaciones quirúrgicas. La cirugía cambia tu apariencia, no tu ADN. ¡Imagínate esperar que el bebé nazca con la nariz que elegiste en el catálogo del cirujano! La genética no ofrece servicios de personalización.
No se trata de renunciar al cuidado personal ni de condenar a quienes deciden operarse. Tampoco de imponer la belleza natural como una obligación. Se trata de examinar cuánto influyen las comparaciones, las tendencias y la necesidad de aprobación en las decisiones que tomamos sobre nuestro cuerpo.
Antes de someterse a un procedimiento, conviene conocer sus riesgos, evaluar las expectativas y preguntarse si el cambio responde a un deseo propio o a la presión de alcanzar un ideal. Ninguna apariencia merece que ignoremos las posibles consecuencias de una decisión.
Quizá el verdadero problema no sea querer vernos mejor, sino llegar a creer que necesitamos convertirnos en alguien diferente para sentirnos suficientes.
Quizá algún día dejemos de mirar nuestros rasgos como una lista de imperfecciones y volvamos a reconocernos sin necesitar la aprobación de nadie.
Kesef Project