Una historia entre los escombros

Una madrugada, mientras oraba a Dios, vino a mi mente la parábola de los talentos.

La he leído muchas veces.

Pero aquella madrugada una pregunta se quedó conmigo.

¿Y los míos cuáles son, Señor?

Parecía una pregunta sencilla.

Sin embargo, algo en ella no me dejó seguir adelante tan fácilmente.

Se quedó resonando.

Como una piedra golpeando una ventana una y otra vez.

¿Y los míos cuáles son?

Pensé que estaba reflexionando sobre talentos.

No imaginaba que estaba a punto de encontrar una historia entre los escombros.

Durante años creí que ciertas cosas habían quedado atrás.

Experiencias laborales.

Sueños.

Oportunidades.

Heridas.

Preguntas que nunca logré responder.

Pensé que el tiempo había hecho su trabajo.

Hoy creo que simplemente aprendí a seguir adelante.

Porque seguir adelante y sanar no siempre son la misma cosa.

Hay duelos que vivimos.

Y hay duelos que enterramos.

Creo que yo enterré varios.

El duelo de oportunidades que no tomé.

El duelo de versiones de mí misma que nunca llegué a conocer.

El duelo de la vida que imaginé tener.

El duelo de ciertas puertas que se cerraron.

El duelo de una profesión que un día decidí dejar atrás.

No los procesé.

No los lloré.

No me senté a conversar con ellos.

Simplemente seguí caminando.

Trabajé.

Resolví problemas.

Pagué cuentas.

Aprendí a funcionar.

Y poco a poco aquellos duelos quedaron cubiertos por capas de tiempo, responsabilidades y rutina.

Hasta que una simple pregunta empezó a remover los escombros.

¿Y los míos cuáles son, Señor?

Mientras más pensaba en ella, más recuerdos aparecían.

Recordé algo que llevaba años guardado.

Una vez alguien me ofreció una oportunidad laboral.

Todavía recuerdo sus palabras.

"Yo veo potencial en usted."

"Creo que puede hacerlo."

Y yo le dije que no.

No porque no quisiera crecer.

No porque me faltaran ganas.

Le dije que no porque mis inseguridades hablaban más fuerte que mi confianza.

Mis complejos.

Mis temores.

Mi falta de identidad en aquel momento.

Hoy puedo reconocer algo que durante mucho tiempo evité decir.

Sí, me arrepiento.

No porque sepa qué habría ocurrido si hubiera dicho que sí.

Eso nunca lo sabré.

Me arrepiento porque hoy veo que muchas veces el miedo tomó decisiones por mí.

Y mientras seguía excavando, apareció otra verdad incómoda.

Durante años pensé que mi frustración tenía que ver únicamente con las cosas que no había logrado.

Pero debajo de esa frustración encontré algo más profundo.

Encontré cansancio.

Encontré comparación.

Encontré años sintiéndome insuficiente.

Años creyendo que otros eran más capaces.

Más inteligentes.

Más rápidos.

Más preparados.

Años intentando demostrar que tenía valor.

Y cuando una persona carga eso durante demasiado tiempo, llega un momento donde deja de medir solamente sus logros.

Empieza a medir su propia valía.

Tal vez por eso algunas derrotas duelen tanto.

No porque sean las únicas.

Sino porque terminan apoyándose sobre muchas otras.

Yo tengo un título universitario.

Tengo capacitaciones.

Tengo experiencia.

Aprendí mucho a lo largo del camino.

Sin embargo, llegó un momento donde decidí cerrar un ciclo y no volver a ejercer mi profesión.

No porque no pudiera.

No porque me faltara preparación.

Sino porque algo dentro de mí ya no encontraba vida allí.

Hubo experiencias extraordinarias.

Personas valiosas.

Momentos importantes.

Pero también hubo heridas.

Maltratos.

Desgaste emocional.

Situaciones que poco a poco fueron apagando cosas dentro de mí.

Y aunque el tiempo pasó, creo que parte de ese luto quedó suspendido en algún lugar de mi historia.

Quizás por eso terminé buscando respuestas en otro sitio.

Fue así como llegué al mundo digital.

No porque fuera mi pasión.

No porque soñara con convertirme en experta en marketing.

Ni porque quisiera construir una marca.

Llegué por necesidad.

Quería saber si era verdad.

Si realmente era posible construir algo diferente.

Si todas esas historias sobre ingresos online, blogs, Pinterest, Facebook, Instagram y negocios digitales eran tan ciertas como parecían.

Y como suelo hacer cuando algo despierta mi curiosidad, empecé a investigar.

Leí.

Probé.

Me equivoqué.

Volví a intentar.

Escuché expertos.

Observé estrategias.

Analicé tendencias.

Y también observé algo que me hizo pensar.

Encontré personas que sabían mucho y enseñaban cosas valiosas.

Pero también encontré historias de personas decepcionadas.

Personas buscando respuestas mientras alguien seguía vendiéndoles más respuestas.

Eso me hizo cuestionar muchas cosas.

No para atacar a nadie.

Porque también encontré personas honestas haciendo bien su trabajo.

Pero entendí algo.

Cuando una persona necesita una oportunidad, la esperanza puede hacer que cualquier promesa parezca posible.

Y no creo que debamos burlarnos de quien busca una salida.

Nunca sabemos qué necesidad, qué ilusión o qué desesperación hay detrás de esa búsqueda.

Fue en medio de esa búsqueda donde nació algo llamado Kesef Project.

Lo que comenzó como un intento de explorar una posibilidad terminó convirtiéndose en un lugar donde también empecé a encontrarme conmigo misma.

Y mientras construía ese espacio cometí un error curioso.

Intenté sonar como una marca.

Como una empresa.

Como un departamento completo de marketing.

Intenté parecer algo que nunca fui.

Hasta que un día entendí algo evidente.

Nunca hubo una corporación detrás de Kesef Project.

Siempre hubo una persona.

Una persona con preguntas.

Con inseguridades.

Con expectativas.

Con fe.

Con dudas.

Y con heridas que todavía estaba aprendiendo a comprender.

Durante ese recorrido llegué a superar el millón de impresiones en Pinterest.

No ocurrió de la noche a la mañana.

No fue un pin viral.

No fue una fórmula mágica.

Fue el resultado de más de un año de pruebas, errores, cambios de estrategia, contenido eliminado, reestructuraciones y aprendizaje.

Si esta fuera una historia típica de internet, aquí debería contarles cuánto dinero gané.

Pero no es esa historia.

Después de superar el millón de impresiones, los ingresos generados por lo que mostraba en mis pines fueron exactamente cero dólares.

Cero.

No miles.

No cientos.

Cero.

Y aunque esa realidad me obligó a replantearme muchas cosas, también me enseñó algo importante.

Las métricas cuentan una parte de la historia.

Pero no cuentan toda la historia.

Algo parecido ocurrió mientras observaba Facebook e Instagram.

Escuchaba personas diciendo que era posible ganar dinero.

Otras afirmaban que era imposible sin mostrar el rostro.

Unos recomendaban construir una marca personal.

Otros aseguraban que podía hacerse completamente sin rostro.

Mientras más observaba, más entendía que la realidad era más compleja de lo que parecía.

Porque muchas veces la monetización también depende de programas, requisitos, invitaciones y herramientas que no siempre están disponibles para todos.

Y una vez más descubrí que las historias simplificadas rara vez cuentan toda la realidad.

Mientras escribo estas líneas sigo sin saber exactamente qué ocurrirá con Kesef Project.

No sé si crecerá.

No sé si cambiará.

No sé si seguirá existiendo dentro de algunos años.

Tampoco sé con exactitud cuáles son todos mis talentos.

Pero recordé algo que alguien me dijo hace mucho tiempo.

"Tienes un espíritu enseñable."

Curiosamente, nunca olvidé esas palabras.

Quizás porque siempre me frustró aprender lento.

Siempre admiré a quienes entienden todo rápidamente.

Yo nunca fui así.

Necesito tiempo.

Necesito equivocarme.

Necesito volver a empezar.

Pero sigo aprendiendo.

Y tal vez eso también tenga valor.

Hoy no tengo todas las respuestas.

Todavía hay piezas que no encajan.

Todavía hay preguntas abiertas.

Todavía hay caminos que no logro entender.

Pero si algo encontré entre los escombros fue esto:

No todo lo que estaba enterrado era pérdida.

También encontré aprendizaje.

Encontré crecimiento.

Encontré gracia.

Y encontré evidencia de que Dios ha estado trabajando incluso en temporadas donde yo pensaba que nada estaba ocurriendo.

Quizás todavía no entiendo el mapa completo.

Pero sigo creyendo en las manos que lo dibujaron.

Y por ahora, eso es suficiente para seguir caminando.

Kesef Project